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Dieta del amor.

Antes de que naciera nuestro tercer hijo, no sabíamos nada sobre alergias alimentarias. Incluso cuando nuestra hija presentó una reacción alérgica a medicamentos cuando yo estaba embarazada de 4 meses esperando a nuestro tercer retoño. En esa ocasión nos dijeron en urgencias de la clínica que era «recomendable» que lleváramos a nuestra hija a un inmunológo, pero tomaron tan a la ligera la situación que nosotros también terminamos por tomar eso como una situación aislada.

No fue hasta que nuestro tercer hijo, nuestro conchito, tenía 1 mes y 2 semanas de nacido, que supimos lo que era la alergia alimentaria. Nuestro cachorro dormía muy poco, se quejaba sin llorar, sufría cólicos y diarreas frecuentes, incluso mientras lo amamantaba se hacía en su pañal. Sus caquitas eran mocosas, más de 10 al día, se ensuciaba su ropa porque el pañal no soportaba tanto. Lo llevamos al pediatra, el de toda la vida y que veía a los otros 2 mayores y nos decía que estaba súper bien, crecía y subía de peso, así que no nos preocupáramos. Cuando cumplió 1 mes y medio, comenzamos con un calvario más: cuando lo amamantaba se ponía morado, creíamos que era porque se atoraba, pero no era así. El mismo día de la segunda vez que se puso morado, le Di leche materna que guardaba en el refrigerador y a la media hora comenzó con una diarrea horrible: hizo 12 cacas en 2 horas. Llamamos al pediatra y nos dice que puede ser alergia alimentaria o principalmente a la leche de vaca. Ese mismo día dejé los lácteos, harina de trigo, soya, carnes de todo tipo y frutos secos. La primera noche de dejar todas estas cosas, comenzó a dormir mucho mejor, aunque aún sus cacas eran mocosas y frecuentes, pero no tanto como antes de esta «Dieta».

Como ya no estaba comiendo proteínas, un día se me ocurrió almorzar lentejas. En la tarde amamanté a mi hijo después de una larga siesta y al comenzar a succionar se puso morado. Por suerte estaba con mi mamá, que tiene conocimientos de primeros auxilios y me ayudó a reincorporarlo y que respirara y tomara color. Después de eso estuvo al parecer resfriado, porque tenía sus ojitos con materia y corrían moquitos por su nariz.

En la cena, comí lentejas nuevamente. En la noche, mientras él dormía comienzo a notar su cambio de color otra vez, él trataba de respirar y no podía. Mi mamá lo ve y comienza los primeros auxilios. Consiguió que respirara otra vez. Todo había durado mucho más que en la tarde. No lo estaba amamantando en ese momento, ¿qué fue lo que pasó?, me preguntaba.

Lo llevamos a urgencias y tuvo varios episodios de ahogo, apnea se llamaba, incluso despierto. Quedó hospitalizado en uci por 2 semanas. Descubrieron que tenía apnea central, esto significa que a su cerebro se le «olvida» dar la orden de respirar, el llamado síndrome de muerte súbita. Hicieron muchos exámenes, pero no tomaban en cuenta la probabilidad de que tuviera alergia alimentaria. Ni un solo exámen realizaron para eso, pero sí para muchos otros probables diagnósticos: escáner, radiografías, polisomnograma, ecocardiograma, ecografía abdominal, exámenes de sangre. Increiblemente nunca midieron los Ig. Lo dieron de alta con ese diagnóstico y con el término «en estudio» de alergia a la proteína de leche de vaca, sólo porque yo insistía en el tema. Lo vieron cardiólogos, neurólogos, incluso dermatólogos. El kinesiólogo iba 2 veces al día a sacarle sus mocos por una sonda en la nariz.

Yo seguía con dieta especial, comía sólo papas, avena, manzana, arroz, pera. En 2 meses desde el parto, ya había bajado 12 kilos.

Cuando lo dieron de alta, aún parecía resfriado. Llegamos a casa con un monitor para que nos avisara si tenía algún episodio de apnea.

Fuimos al pediatra a su control de los 3 meses, le contamos lo sucedido y la duda que teníamos (o casi certeza) de que tenía alergia alimentaria. Nos derivó a una gastroenteróloga, que según su opinión, era muy buena. Con ella saldríamos de dudas.

Cuando lo llevamos donde la «Diostora» nos encontramos con una falta de empatía enorme, nos dijo que eran ideas nuestras, que no podía ser alergia porque estaba gordito y crecía. Que comiera más cosas. Que la única forma de saber si era alérgico era con una endoscopia, pero como era tan pequeño, no se la iba a hacer. Salimos llorando mi esposo y yo.

Gracias a Facebook y un grupo de mamás que conocí averiguando tanto, llegamos a un inmunológo que antes de creernos o dudar de nosotros, pidió una batería de exámenes: Los iges, test de parches y test cutáneo. El resultado fue un proceso inflamatorio en su sangre producto de la alergia pero no tan grave como para que hiciera shocks o anafilaxia. Y el de parches arrojó reacción tardía a oh, sorpresa!: leche de vaca, arroz, papa, manzana, trigo, soya, proteínas animales, maíz, todos los frutos secos, legumbres y varios alimentos más. Tenía que dejarlos todos. No sabía qué comer.

Ahí descubrí lo que es la dieta del amor y comenzó mi búsqueda por alimentos nuevos para mí, que fueran nutritivos y me permitieran poder seguir amamantando a mi bebé el mayor tiempo posible. Su sistema inmune estaba tan dañado que sólo empezó a comer cuando cumplió 12 meses.

Descubrí el coco en todas su modalidades y hasta ahora es parte de mi dieta base. Comía lechuga, quinoa, champiñones, cacao en polvo, harina de coco y aceite de coco y me hacía con esos 3 ingredientes una especie de tarta, con mal aspecto, pero deliciosa que me permitió tener un desayuno todos los días, ya que no podía tomar té, café o hierbas, ya que lo afectaban.

Con esto ya había bajado 34 kilos. Pesaba lo mismo que en mi época de colegio, no tenía el peso que tuve de adulta, toda la ropa me quedaba enorme. Ya no quería comprarme ropa nueva, porque a las 2 semanas me quedaba grande nuevamente. Tenía una libreta donde anotaba cada cosa que comía y así detectar a un alimento «culpable» de alguna reacción.

Fueron momentos muy angustiantes para nuestra familia, pero nos hicieron crecer enormemente. Nos dimos cuenta que lo más importante es tener a nuestros hijos sanos y felices. Que las cosas materiales no son nada si no nos sentimos plenos en el ámbito familiar.

Con la dieta del amor surgió una nueva necesidad: encontrar alimentos aptos, es decir, que fueran a prueba de alergias, sin trazas ni contaminación cruzada, ya que un poquitito de lo que hace mal sí importa. Y comenzamos en deambular en distintos supermercados y tiendas especializadas, comprando alimentos a precios desorbitantes. Encontrábamos un producto aquí, otro allá, uno en un supermercado y otro en otro.

Así surgió el sueño de concretar Nutreamor. Para que los demás no pasen por lo que nosotros pasamos, para que no paguen el doble de lo que cuesta realmente un producto, para que se sientan acompañados y comprendidos.

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